El pentagrama de Psicodelia


189403510_012d01b50c_zPsicodelia encuentra una pira
de secular y etéreo papel mojado
en el estante del mueble destartalado
que ella cuidadosamente estudia y mira.

Atoxigada por una marabunta sonora
de sensaciones, miradas y reflexiones,
que la llevan a entonar viejas canciones;
aquellos himnos con los que, al terminar, llora.

Aquellos que, combinados en un humilde pentagrama
de compases e intervalos tan distantes,
que no hablan ni de campeadores ni de andantes,
sino de un dulce e imposible amalgama.

Versos que, en clave sonora recitados,
no resultan ni zafios ni vanidosos;
más bien, incómodos y estruendosos
puñales en el tórax bien clavados.

Ella huye, sin dejar atrás ni rastro.
Con sus miedos, sus temores y sus llantos
combatiendo a las sirenas y sus cantos
titubeando en las cuatro patas del camastro.

Abre los ojos, ella sola se despierta.
Se hidrata y, poco a poco, se aliviana,
con un agua que, en su ventana,
horas antes protagonizaba una reyerta.

Impávida, mientras el renacer del sol advierte,
sonríe después de un mal presagio:
de una pesadilla, de un fúnebre naufragio.

Y con un elaborado y dulce arpegio,
consciente de su más que digno privilegio
exclama: Tengo ganas de quererte.

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