Un día más


(Foto: Stefanos Papachristou)

(Foto: Stefanos Papachristou)

Él afinaba su guitarra
mientras la gente se apilaba en círculo,
ansiosa por escuchar lo que tenía que decir
en aquella tarde no apta para nostálgicos.

Cogió su fusil con cuerdas
y echó una mirada al fondo de aquel bar,
y vio que los ojos de su propia soledad
se reflejaban en el vidrio de la puerta principal.

Aclaró un momento su voz
y entonó lo mejor que pudo aquella oda al amor,
aquellos versos sinceros dedicados a una sonrisa
cuya falta era la razón de su verdadera agonía.

La guitarra, que nunca le había fallado,
seguía el ritmo acompasado con temblor indefinido,
lamentándose del error que suponía estar allí
tocada por unos dedos que anhelaban otra piel.

Ella seguía sin aparecer
y la última canción del programa terminó
cuando todos, sentados y ajenos a su dolor,
suspiraron ante el fin de aquella compañía melódica.

El solitario recogió sus cosas,
y se fue a casa con la lluvia sobre el sombrero
mientras imaginaba un cigarrillo de madrugada
brillante a los ojos de una luna al borde del exilio.

Consciente de que el día llegaría
y que su pena no se marcharía con las estrellas,
ojeó las páginas de un periódico atrasado,
de aquellos días en los que todavía creía en el amor.

Y, un día más,
en su soledad comprendió
lo poco que la había querido
y lo mucho que la había amado.

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