Un año más aquí


Un testimonio gráfico de mi época enganchado al swag

Un testimonio gráfico de mi época enganchado al swag

Si hay algo que me provoca un especial regocijo interno que rompe con todo atisbo de monotonía ese algo solo lo siento una vez al año. Y es cada once de febrero, conmemoración del día en que la matrona del Hospital da Costa me cogió en brazos para enseñarme el mundo que me iba a perder si seguía allí atrincherado. Me resistí, pero las nuevas vistas de fuera, la claridad y las perspectivas de un futuro hecho a mi medida terminaron por animarme.

Fui haciéndome mayor y alcancé la juventud en la que me asiento. Juventud que va ya la noto caducar poco a poco, pero que me invita a aprovechar el tiempo lo máximo posible. Porque se me está acabando, aunque todavía quede, y ese es motivo suficiente para vivir cada día como si fuese el último. En estos últimos años he aprendido que vivir para mí ha de llevar implícito el verbo convivir –todos tenemos en mente a mucha gente que vive pero que de convivir no tiene ni idea– y que este ha de incluir el disfrutar al máximo de las relaciones con el resto de seres vivos de mi especie y de alguna que otra más (en estos últimos casos, sin llegar nunca al ámbito sexual).

Me parece que para poder conseguirlo me he rodeado hasta la fecha de gente intachable que, sin darse cuenta, a menudo ha conseguido levantar mi ánimo cuando lo veía todo oscuro, ayudarme cuando he tenido que afrontar algún problema o, simplemente, compartido un buen rato conmigo. Con mis ‘peros’ y mis defectos, mucha gente me ha aceptado en su vida y, además, quienes de verdad merecían la pena me han guardado un hueco en ella de una manera o de otra. Y esto no se acaba, porque cada año llego a estas fechas con personas nuevas que no por llevar menos tiempo en mi vida son menos ilustres que las que me acompañan desde el año I d.F.

A finales de 2013, un año que quizás fue de los más importantes de mi vida en materia personal, escuché una canción de Jorge Drexler que se llama Todo se transformaEste tema lo he adoptado en forma de himno porque, a pesar de narrar una historia de amor muy bonita, sostiene que todas nuestras acciones terminan recibiendo una complementaria como respuesta. Una especie de karma, pero en versión castellana. Yo no creeré en lo que supuestamente dicen las estrellas o las sagradas escrituras, pero sí estoy completamente seguro de que lo que nos merecemos tarde o temprano nos llega. Podremos dudar sobre si eso que se nos presenta es lo que de verdad nos corresponde, pero llega un momento en que nada engaña a nuestro corazón cuando se trata de tomar la decisión correcta.

Por esta regla de tres, si en un sistema cerrado nada se crea ni nada se destruye, sino que todo se transforma, creo que puedo afirmar a los cuatro vientos que algo muy bueno he tenido que hacer en algún momento de esta vida para estar rodeado de gente como la que se encuentra a mi alrededor hoy. Vuestra calidad humana define mis acciones, así que solo puedo dar las gracias por estar ahí y por haberos acordado de mí en este día.

Sé que faltan velas, pero es que la foto la he cogido prestada del Flickr de Angélica Portales

Sé que faltan velas, pero es que la foto la he cogido prestada del Flickr de Angélica Portales

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