El tiempo, ese gran aliado (y enemigo)


Puerta del Sol, final de la Marcha del Cambio / EFE

Puerta del Sol, final de la Marcha del Cambio / EFE

Ya resuena en los cimientos de los más emblemáticos inmuebles de la capital española el eco del Tic Tac que hoy unas cien mil personas han entonado al unísono desde la Puerta del Sol.

Decían los chicos de Podemos que esta iba a ser una manifestación pacífica de toda la ciudadanía indignada –o, para no herir sensibilidades, cabreada– sin la presencia de signos políticos. La primera parte se cumplió, afortunadamente para todos. Con respecto a la segunda, no podemos decir lo mismo.

Desde primera hora Pablo Iglesias se ha desmarcado del protagonismo y ha sido Íñigo Errejón quien ha hablado en nombre de Podemos y ha expresado sus impresiones antes de que arrancase la Marcha del Cambio. Y el hombre que dirige la estrategia en Podemos ha sido claro: ‘esta marcha empieza en Cibeles y acaba en la Moncloa’, ha asegurado. Al llegar a Sol, varios dirigentes del partido que aspira con más fuerza a quebrar la unidad del bipartidismo español han pronunciado sendos discursos enalteciendo el papel de la ciudadanía en el cambio político que ellos proponen.

Decía Esperanza Aguirre hace unos días que esto de la Marcha sobre Madrid (nombre acuñado o, en su caso, ‘bautizado’ por ella misma) le recordaba a la Marcha sobre Roma de Mussolini, comparación que –fíjense ustedes, qué casualidad– ha recogido nauseabundamente el diario La Gaceta para criticar la manifestación y a Pablo Iglesias. La señora Aguirre, siempre un paso más allá de la línea tremendista que sigue su partido contra la formación de Iglesias, quizás debió olvidar que Mussolini no estuvo en esa Marcha sobre Roma. Al menos, no desde el principio. Benito esperó en Milán hasta que pudo confirmar que la cosa no se estaba poniendo fea y llegó a la capital italiana para colgarse medallas y hacer el paripé que todos ya conocemos.

Pablo Iglesias, entre la multitud / EFE

Pablo Iglesias, entre la multitud / EFE

Iglesias, que más que estirar el brazo levanta el puño, por su parte madrugó tan religiosamente –disculpen el exceso de credo en mi lenguaje– como las cien mil personas que marcharon sobre Madrid. Bastantes más que los que marcharon sobre Roma y bastantes más que los que marcharon no hace mucho a favor del anteproyecto de reforma de la ley del aborto o bajo nombres de asociaciones de víctimas del terrorismo, por poner ejemplos con total falta de rigor periodístico. Y es que somos lo que vemos y escuchamos.

A lo que iba: que ausencia de signos de partidos políticos ha habido, sí; pero de los que no eran de Podemos y afines, como banderas republicanas, griegas o de Syriza. Lo de hoy sería comparable a una hipotética manifestación programada por el PP para defender que los grados universitarios han de pasar a durar tres años frente a los másters, que deben durar dos. Haya banderitas azules o no, el grueso del tumulto lo compondrán votantes afines –o del PSOE, que últimamente defiende por lo bajini intereses próximos a los del gobierno–. Aunque algo me dice que el próximo domingo desde el Ministerio de Educación preferirán que la gente se acuerde de que hay una Liga de fútbol disputándose antes que de aspectos relacionados con política educativa.

No se puede negar que lo de hoy sábado en la capital del Reino de España ha resultado un éxito de convocatoria para Podemos. Un remolino de círculos ubicados en torno a la figura de Pablo Iglesias han realizado una demostración de fuerza para lanzar un mensaje. Un Tic Tac –expresión de la que en Podemos ya se habrán adueñado en un alarde de intenciones comunistas– de que a Mariano Rajoy se le está acabando el tiempo.

Los líderes de Podemos saludan a la conclusión del acto / Jairo Vargas

Los líderes de Podemos saludan a la conclusión del acto / Jairo Vargas

Sin embargo, Iglesias y su séquito deberán ahora jugar sus cartas con maestría, porque por mucha cuerda que digan tener en frente del actual gobierno, no deberán acomodarse como fuerza líder tal y como asegura alguna que otra encuesta. Porque por mucho que se erijan como el reloj en marcha frente al reloj sin pila, no han de olvidar que hasta un reloj parado acierta dos veces al día.

Y esto último es tan cierto como que cuando se asciende hasta lo más alto del poder allí el tiempo es relativo y como que los partidos gobernantes suelen bajar cada cuatro años a la Tierra para poner en hora sus relojes. Maquinaria suiza, últimamente.

Ahora le toca a Podemos conseguir la confianza de la gente y convencerles de que el mecanismo de su reloj está hecho en España y que el tic tac que hoy emplean para atacar al gobierno, están dispuestos a aplicárselo a sí mismos. En definitiva, confirmar que los sueños que hoy ha gritado al viento Pablo Iglesias, están para tomarse muy en serio.

Reloj con caras de dirigentes populares / EFE

Reloj con caras de dirigentes populares / EFE

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