Cuando el parque de mi pueblo tenía patos


Cuando el parque de mi pueblo tenía patos
yo era un Soprano sin prozac.
Cuando el cartero llamaba dos veces
yo apretaba el gatillo del interfono y me detenía a escuchar.
Vacíaba el cargador de propaganda, interpretaba facturas
y soñaba con franqueos pagados a lugares a donde los sueños no podían llegar.

Ahora soy la harina sobrante de un bizcocho que en la panadería se negaron a cocinar.
Soy el pensamiento que se marchó de repente para dejarme con la duda.
Soy la injusticia en la casa del poderoso
y las promesas evaporadas a la puerta de la iglesia.
Soy la pila de un reloj de sol
y las agujas de un reloj de arena.
Soy una campana que dobla hasta ser flexible.
Soy el empalme de los cables que detonan explosiones de ira.
Soy la tinta de una versos tatuados con faltas de ortografía.
Soy la resaca de una playa del Mediterráneo
y soy la sed en un cuerpo anegado por el whisky.
Soy el perro de un ciego que no se deja llevar.
Soy la fiebre amarilla de un satélite en órbita.
Soy la costra de una herida que no para de supurar
y soy un río en huelga que se niega a desembocar.

Soy un par de nalgas apoyadas sobre una fría silla, anhelando un calor que ya no está.
Un calor del que el otoño ya no quiere saber nada.

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