Al costat


Ocaso_en_Finisterre

Me vais a disculpar, pero con este escrito voy a desviarme un poco del profesionalismo que lleva haciendo acto de presencia en este blog en las últimas entradas. Pero hoy esa escritura que amaga con aparentar cualidades de pseudoperiodismo no va a estar aquí, hoy voy a escribir con el corazón porque, ya que tengo un blog propio, escribo en él para sentirme mejor. Y cada momento determina qué nos hace sentir mejor. Y hoy escribir con el corazón es lo que me pide este armazón.

Este fin de semana ha estado y está lleno de tristeza. Tristeza de esa que te abre los ojos y te alerta. Tristeza que te recuerda que nada es para siempre y que todo lo que nos rodea tiene un valor del que nosotros rápidamente nos olvidamos. Somos seres de costumbres, y por eso tropezamos varias veces en la misma piedra. La vida es eso que tan pronto está como se va sin que podamos hacer nada. Cuando está, la falta de afecto a uno mismo y a los demás nos lleva a echarla a perder en muchos casos -y en términos absolutos- sin darnos cuenta de ello. Pero cuando se va no lo hace en silencio, nos da un toque de atención cual hurgonazo que se suma al dolor de la pérdida. Nos alerta de que, si algo hemos hecho mal hasta ahora, quizás sea el momento de remediarlo porque nunca sabe cuando las agujas de nuestro reloj se pueden parar para siempre.

Esta mañana primaveral iba en el metro apesadumbrado por la circunstancia y he escuchado a un clarinetista que tocaba La vie en rose, de Edith Piaf y me he dado cuenta de lo fácil que resulta llegar a pensar que uno está solo. Sin embargo, a pocos metros del artista e igual de inundada por la pieza, una familia se sentó en los asientos contiguos. Estaba formada por una madre y dos niñas. La primera se sentó en los asientos de enfrente evitando el sitio disponible que tenía a su lado. En ese instante, la más pequeña de ellas la llamó:

-Quiero que estés a mi lado- le dijo.

La madre, que tal vez había optado por ese asiento para tener a ambas criaturas dentro del mismo ángulo de visión, decidió moverse y colocarse al lado de la más pequeña, que la abrazó al instante como se abraza a una madre.

La primera lectura que se puede hacer de esta situación es que somos felices cuanto más cerca estamos de nuestros seres queridos. Y tal cosa no dista una milésima de la realidad. Pero, yendo solo un poco más allá, creo que la lectura correcta sería la siguiente. A todos nosotros el poder ver a una persona no nos satisface tanto como saber que esta está a nuestro lado. Está claro que poder disfrutar de ella con los cinco sentidos no es lo mismo que hacerlo con la mente, pero no porque los primeros sean cinco, sino porque la segunda es más poderosa y no nos podemos entrometer en las injusticias del azar porque la vida no tiene botón de “reset”. Creo que nuestros seres queridos son los que están siempre ahí. No los que vienen cuando algo va mal, sino los que siguen estando cuando las desgracias nos suceden. En cuanto al marcharse, alguien no se va de tu corazón si no eres tú quien decide desahuciarla de él. Y, si a esa persona la quieres de verdad, la tendrás toda tu vida dentro de ti.

Hoy, ante las nubes del corazón, ha salido el sol afuera solo para recordarnos que, pese a las adversidades, los motivos para seguir adelante no se acaban nunca si tienes a quien quieres de verdad a tu lado. Solamente eso nos debería hacer sonreír cada día por muchas nubes que se nos pongan delante de los ojos.

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