Reseña infantil de un lunes en la prole


Dos ribadenses conversan en un banco (AvoF)

Dos ribadenses conversan en un banco (AvoF)

Apenas queda nada ya del niño que algún día hubo en mí. Aunque siempre podré mantener una parte de aquel pequeño en los momentos en que mi memoria y mi corazón así lo requieran. Los niños son maravillosos.

Hoy me he encontrado con tres colegiales que volvían a casa por la hora de comer. Entre los tres pequeños individuos, un grito de dos de ellos al tercero a modo de orden inquebrantable se escuchaba: “Eres español, español, español”. El tercero, más grande físicamente que sus dos acompañantes, titubeó a la hora de responder y prefirió centrar inicialmente su atención en un balón. Sin embargo, a los pocos segundos y ya cuando yo me alejaba, oí como les hacía ver su postura: “Yo primero soy catalán”. Y la tertulia de mediodía retomaba el vuelo.

Esta tarde también he vivido un episodio entrañable en el metro. Una pequeña niña de color se sentaba sobre uno de los muslos del que parecía su progenitor. Recordando la lección de los colores que traía fresca de la escuela, le intentaba hacer ver al adulto que él no era negro: “Es una color del que ya no me acuerdo, ¡pero tú eres blanco!”, repetía ante la comprensiva y misericordiosa sonrisa del interpelado. La pequeña, incluso, intentaba buscar con la mirada a alguien en el vagón que le ayudase a reforzar su postura.

Por último, he ido a hacer la compra e, intentando omitir de mi ecosistema al hombre que solicitaba una ayuda en la puerta –como haría todo ser humano repudiable en su mayor medida–,  he escuchado un simple “por favor” que me ha roto por dentro. Ante mi pregunta, la persona en cuestión me ha suplicado que le comprase algo para sus hijos. Le he dicho que sí y al cabo de unos minutos he salido con pan, leche y embutido. No se me olvidará en la vida el modo en que fui mirado y, a decir verdad, creo que este padre de familia tampoco se olvidará con facilidad de la cara del joven que hoy le ha ayudado y le ha estrechado la mano mientras le deseaba la mejor de las fortunas.

Normalmente se suele decir que los niños dejan “molido” a uno después de interactuar con ellos. Hoy he sido una víctima pasiva de esta ecuación que me ha “molido” emocionalmente. ¿Hasta qué punto un niño es capaz de decidir qué es o deja de ser? ¿En qué sociedad occidental vivimos que fuerza a un infante a intentar convencer a un adulto de que su color de piel es el asociado a las clases dominantes? ¿Por qué este sistema repugnante ha creado buscadores de contenedores, chatarreros, viajantes de metro mendigos a jornada completa, vendedores de clínex y mecheros, así como atestado los comedores sociales? ¿Por qué tenemos que darnos asco por nuestros comportamientos altaneros y carentes de toda empatía, imitando a quienes precisamente criticamos televisor de por medio, y marginando -más si cabe- a quienes en situaciones de necesidad con seguridad tendrían más probabilidades de ayudarnos? ¿Por qué somos así? o, mejor: ¿Por qué pasan estas cosas?

Yo pregunto “por qué”, como un niño que se empieza a interesar por el funcionamiento del mundo. A mí no me ha quedado claro el por qué de mi pregunta: si porque soy consciente de lo que pasa en esta sociedad o porque, como a un pequeño muchachito, todavía no me ha quedado claro.

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