Hacia la gloria desde la arena


Cada año, cuatro equipos de los cuatro barrios florentinos se enfrentan en el Calcio Storico, un discutible deporte que pone al límite su integridad física

El equipo "azzurri" se dirige a la Piazza Santa Croce para disputar la final del 2013 (davidramosphoto.com)

El equipo “azzurri”, con Simone Mafara en el centro, se dirige a la Piazza Santa Croce para disputar la final del 2013 (davidramosphoto.com)

Atender al público detrás de una barra no supone, aparentemente, ningún peligro para la salud. Puede darse el caso de que surja algún cliente molesto o, en el peor de los casos, un atraco a mano armada. Pero, por lo general, no se puede calificar como “peligroso” el hecho de regentar un bar. Simone Mafara es propietario del Bar Tabacchi en pleno corazón de Florencia y lo sabe bien.

Más allá del despacho de bebidas a clientes, este florentino encuentra la emoción que su trabajo no sacia con la práctica, en la tercera semana de junio, de uno de los antepasados del fútbol moderno. El Calcio Storico, el deporte en el que –casi– todo vale con tal de introducir la pelota en el gol contrario, es lo que enorgullece a este gladiador contemporáneo de la toscana. Un deporte basado en el harpastum, que practicaban los legionarios romanos con sus reclutas. De ahí el sentimiento de victoria, rivalidad y venganza que emana desde que, en 1930, Benito Mussolini lo recuperase como parte del folclore de la ciudad en la que Brunelleschi quiso tocar el cielo.

“Mi madre nunca ha visto un partido; no quiero que venga”, afirma Simone. Esta decisión es rápidamente justificada. “Si sé que mi madre está sufriendo en la grada, yo me muero en el campo”. Este es el testimonio de un padre de familia que disfruta participando en este juego violento, pero que nunca permitirá que los suyos presencien este horrendo espectáculo. Porque la familia es la que sufre más con cada golpe propinado en la arena.

Es la misma familia, que entiende que así son las reglas y que es un orgullo para Florencia conservar este evento, la que también observa con rostro desencajado incluso cada entrenamiento de su equipo. Sin llegar a reconocerlo, no saben qué es lo que prefieren: que el día del partido no llegue nunca para evitar una desgracia, o que acabe cuanto antes para minimizar el daño.

Simone Mafara pertenece al equipo azzurri, el de la barriada de la Santa Cruz, y aguarda impaciente año tras año para, o bien revalidar el título, o bien vengarse de aquellos que en la edición anterior los hayan podido “humillar”. Esta es la palabra que utiliza uno de sus compañeros, Marcelo Segundo, para describir una derrota en el Calcio Florentino. Los jugadores son los encargados de preservar el honor de su barrio, su Iglesia y su familia, por lo que el triunfo solo se conseguirá a base de fuerza, sudor y sangre. Cuando el honor es ultrajado, los siguientes 365 días del año son un calvario para los perdedores. Se han llegado a producir ajustes de cuentas como resultado del trasvase a la calle de lo sucedido en la arena.

“Lo primero que hago cuando termina el partido es llamar a mi madre para decirle si estoy bien”, reconoce Simone. Suceda lo que suceda la telefonea para informarla del resultado deportivo y físico. Cuando saltan a la arena, la presión es máxima –sobre todo durante los diez primeros minutos– y el jugador ha de saber controlar su instinto y no pensar demasiado. Los segundos son muy valiosos, en ellos puede estar la diferencia entre caer gravemente lesionado o marcar el tanto de la victoria.

La Piazza Santa Croce se transforma en un escenario a medio camino entre un campo de fútbol y un coliseo romano. Las gradas se abarrotan de florentinos que disfrutan, solo tres días al año, del deporte que les hace sentirse orgullosos de pertenecer  a la capital de la toscana.

Cuando el equipo del barrio de Santa Cruz venció en la edición del 2013, los grandes medios italianos –como viene siendo habitual– lo eludieron. La madre de Simone Mafara se encontraba en casa con la cabeza y el corazón en un cuerpo que pisaba la arena florentina. Su hijo la telefoneó para terminar con el sufrimiento. Otro año más, la voz al otro lado era la suya, lo cual implicaba que se encontraba bien y que, esta vez además, había alcanzado la gloria junto a su equipo. Disfrutar del triunfo de este discutible deporte durante los próximos 365 días era, entonces, lo más importante.

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