William Shirer, narrador del ‘Lebensraum’


William Shirer fue testigo directo de cómo Hitler preparó la Segunda Guerra Mundial
William Shirer

William Shirer

De entre todos los hombres que tuvieron el privilegio de retransmitir para  el mundo entero lo que sucedía en la Alemania de Adolf Hitler, tal vez William Shirer sea el que más destacó por esta labor. Corresponsal para la CBS, desde que el célebre periodista Edward Murrow lo reclutase en 1937, Shirer utilizó su Diario de Berlín –iniciado en 1934- para evacuar el estrés y la tensión que aquellos días acompañaban a su trabajo.

Fue este libro personal su medio para expresar al mundo entero lo que realmente sucedía en las calles y los distintos círculos de conversación del país germano. El documento alcanza hasta 1941, año en que el periodista, historiador y escritor estadounidense se vio obligado a abandonar el país al ser informado de que la Gestapo le seguía la pista.

William Shirer no es un hombre atormentado ni tampoco un periodista asustado. No si es consciente de que cumple con los parámetros de la ética periodística. Es más, el hecho de sufrir en las acciones de un régimen que terminó por convertirse en totalitario le hicieron asimilar la idea de que debía contar al mundo las numerosas atrocidades que Alemania estaba cometiendo contra sus propios ciudadanos y contra los de los países vecinos. Estos últimos, por habitar el Lebensraum que Hitler ansiaba conseguir. Este “espacio vital”, concretamente el que se hallaba en el Este, lo conformaba una suculenta dupla: Austria, país natal de Hitler, y los Sudetes, una región montañosa de la antigua Checoslovaquia.

El 11 de marzo de 1938 se iba a celebrar un plebiscito para que los austriacos decidiesen sobre su futuro. Sin embargo, estando Shirer en la capital austriaca, las normas que se habían fijado sobre la consulta por Hitler fueron rotas por el propio canciller alemán. Una multitud de las juventudes hitlerianas confirmaba la anulación del referéndum. Cuatro días después, Hitler anunciaba la incorporación del país vecino a Alemania. Austria había caído, lo cual significaba para el corresponsal “lo peor”.

Desde su estudio en Viena se vio limitado para ejercer su profesión. Un oficial nazi pasó a ser su superior, impidiéndole emitir en un principio. Ante esta situación, Murrow le sugirió a Shirer tomar un avión a la capital británica, desde donde sí podría ejercer libremente su trabajo. Al volver a Viena, Shirer optó por contar lo que está sucediendo de la manera más clara y directa posible. La censura no se hizo esperar.

El corresponsal estadounidense también aportó datos sobre el tratamiento que Hitler comienza a dar a los judíos. Cuenta, por ejemplo, como a una compañera de habitación de su pareja militares nazis le robaron en su comercio o cómo en las sinagogas obligaban a los judíos a limpiar los lavabos con ejemplares de la Torá.

Judíos obligados a limpiar el suelo en Viena ante la mirada de oficiales y el resto de ciudadanos

Judíos obligados a limpiar el suelo en Viena ante la mirada de oficiales y el resto de ciudadanos

Cuando no podía emitir por la censura, Shirer relata cómo redacta sus crónicas para, a continuación, enviarlas a la redacción de la CBS en Nueva York. También señala un acto sin precedentes del que tuvo la suerte de tomar parte: una ronda de corresponsales de radio de los países en dónde, en 1938, se daban los episodios de mayor tensión.

El catorce de abril del mismo año, cuando insinuó que el siguiente objetivo de Hitler era Checoslovaquia y pretendía emitir una entrevista con el presidente checoslovaco, Edvard Beneš, los nazis le censuraron.

El cuatro de agosto, Shirer se desplazó a Praga. En la capital checoslovaca el periodista descubrió cómo únicamente los políticos se mostraban a favor del diálogo con Hitler, mientras la población se oponía a la anexión a Alemania.

Para su asombro, la Sociedad de Naciones no contemplaba una guerra en Checoslovaquia. En los cinco minutos diarios que la CBS le concedía, Shirer narró un discurso del presidente Edvard Beneš, al que califica de “valiente por defender los valores democráticos que Hitler quiere destruir”. Entonces, el Führer comienzó a exigir la entrega de los Sudetes.

Shirer cuenta como en Checoslovaquia la clara división que se da en la sociedad es manifiesta: mientras jóvenes exaltados pedían la intervención nazi, la gran mayoría de la población actuaba como si nada estuviese pasando. Esto sucedía porque los checos pensaban que Chamberlain negociaría con Hitler y les  evitaría cualquier desgracia.

Sin embargo, Chamberlain –con la oposición de Daladier– concedió a Hitler sus deseos y, el 30 de octubre, entregó a Alemania los Sudetes. Los diarios berlineses, recuerda, habían creado una opinión pública favorable a los deseos del Führer y solo los checos, con los que Shirer empatizó, se sentían vendidos.

El 2 de octubre, Shirer señaló en antena el miedo de las democracias a las amenazas de Hitler, que había resultado vencedor. Sin embargo, el terror que acompañó al régimen nazi no había hecho más que empezar. El propio autor lo continuaría sufriendo hasta 1941, año en que tuvo que abandonar Berlín al ser perseguido por la Gestapo.

El "Diario de Berlín" (Bob August)

El “Diario de Berlín” (Bob August)

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