El muñeco ‘simpático’


Muñeco vudú (Adam Cohn)

Muñeco vudú (Adam Cohn)

Carla Giné/Fabián Pérez/Marina Sánchez

Cuando aparece la palabra ‘vudú’ resulta inevitable no asociarla a la idea de un muñeco con alfileres para hacer daño a otras personas. Pero estas prácticas forman parte de una religión especialmente compleja. Nació en la zona del Golfo de Guinea y se extendió a América con el comercio de esclavos. De Benín, la cuna del vudú, llegó al Caribe y se instaló especialmente en Haití; a pesar de ser una religión monoteísta, existen numerosos espíritus a los que sus seguidores veneran. Actualmente, el conocimiento del vudú también es una simbología de poder en las poblaciones africanas, muy vinculado a la política y a las élites.

Al hablar hoy en día de vudú una buena parte de la población pensará en muñecos antropomórficos punzados por alfileres u objetos del estilo. Siempre en medio de rituales de magia negra en los que el objetivo no es otro que el de infligir daños y desgracias a terceras personas. Es el vudú, sin embargo, una creencia que se encarga de la salud, el devenir y el bienestar de los seres humanos, confiando para ello en la labor de una serie de espíritus a quienes sus fieles rinden tributo con insólitas ceremonias.

Pero lo cierto es que, pese al gran ‘bagaje’ que posee el vudú, la sociedad occidental lo ha estigmatizado como una práctica tenebrosa e incluso criminal. Se ha mostrado como una forma de amenaza que utilizan las mafias subsaharianas para la explotación sexual de mujeres. Para Lola López, antropóloga y coordinadora del Centro de Estudios Africanos (CEA), “este chantaje no es una cuestión de vudú. La razón por la que las tienen atrapadas es por la importancia que tiene la familia para todos los africanos”.

Lola asegura que si viajan hasta países desarrollados es para mejorar el bienestar de su familia. “Si se salen de las normas, corren el peligro de que a su familia se le haga daño. Pero no a través de esta práctica. El vudú puede simbolizar el daño que les van a hacer, pero el daño siempre es real y es físico”.

El término vudú deriva de vodoun, un vocablo en la lengua fon, y significa ‘lo inefable’. Aunque su origen se sitúa en tierras del Golfo de Guinea, los fon son una población negro-sudanesa asentada en las tierras que según las fronteras
políticas actuales se sitúan en la parte meridional de la actual república de Benín.

De acuerdo con la antropóloga y coordinadora del Centro de Estudios Africanos, Lola López, no se puede hablar de tribus cuando nos referimos al vudú “porque tribus ya casi no quedan”. Tampoco de pueblo “porque el Golfo de Guinea es una región donde hay muchos grupos étnicos”. El vudú se relaciona con el mundo de los antepasados y su vigilancia sobre los vivos, un culto ancestral que todavía hoy es respetado en el país africano.

Competición de danza entre clanes vuduistas Adam Cohn)

Competición de danza entre clanes vuduistas Adam Cohn)

El origen del vudú se sitúa en tierras del Golfo de Guinea

Precisamente la etnia fon, juntamente con la yoruba, fue la que transmitió al Nuevo Continente esta práctica, considerada una religión. A través de la trata de esclavos y del comercio triangular, establecido entre el siglo XVI y el XIX, esta manera de entender la vida alcanzó las costas de ultramar. De ahí viene el vudú de Haití, el candomblé de Brasil, la santería de Cuba o el hoodoo del sur de Estados Unidos, siempre con alguna particularidad específica en cada caso.

Es Ouidah, una urbe a tres kilómetros del Atlántico, la ciudad considerada como capital mundial del vudú. Allí se construyó la Ruta de los Esclavos, un camino de tres kilómetros en cuyos bordes se erigen estatuas de espíritus o, en términos del vudú, loas.

En su final, la orilla del mar, se encuentra la Puerta de No Retorno, un majestuoso arco cargado de significado: simboliza el punto de embarque de los esclavos hacia un destino que les depararía una vida de violencia y, en muchos
casos, la muerte antes de llegar al otro lado del océano. Una estatua de Egungun, el espíritu de los antepasados retornados, esperaría a los que volviesen. Lo haría recubierto de cauríes, conchas equivalentes al dinero en el siglo XIX.

Para la gran mayoría de yovo, término con que se denomina en Benín a las personas de raza blanca, el vudú se asocia con pinchar muñecos con alfileres. Sin embargo, desde hace unos cuatro mil años, esta religión sin libro sagrado venera el principio de energía creativa o acé. Para María Dolores, santera iniciada en el vudú, “la tradición vuduista está rodeada de secretismo, por lo que solo se puede transmitir mediante la tradición oral”.

Hasta 260 espíritus ocupan su panteón acompañados de los cuatro elementos: tierra, fuego, agua y aire. También cuenta con el fa, un arte adivinatoria. Además, un habitante de la antigua tierra de Dahomey, actual Benín, tiene siempre presente que para afrontar la vida se necesita una protección que solo pueden proporcionar sus espíritus.

El panteón
El hecho de que el vudú profese su devoción a entidades no humanas creyendo que son espíritus o divinidades, la convierte en una religión animista. Para el vudú no existe separación entre el mundo material y la trascendencia, por lo que toda una serie de elementos naturales, como las rocas, los montes, los animales o los fenómenos atmosféricos, poseen alma o espíritu.

El vudú coincide en muchos aspectos con la religión católica, pues desde su origen incorporó crucifijos, cirios o estampas a sus ritos. Es una religión monoteísta pero que, a diferencia de lo que ocurre en el catolicismo, Dios no
interviene en la vida cotidiana, sino que delega esta función a los loas, espíritus intermediarios entre este y los humanos.

En palabras del Ígor Zabaleta, periodista especializado en cultos ancestrales y en liturgia insólita y autor del libro Sincretismo religioso y los cultos animistas. La Santería, el Vudú, “los loas determinan el curso de la existencia humana y por eso reciben la adoración de los practicantes del vudú”. La devoción a los loas es el eje ritual de esta religión e incluye la práctica de magia o hechicería.

Muñecos vudú (John & Mel Kots)

Muñecos vudú (John & Mel Kots)

El vudú se relaciona con el mundo de los antepasados y su vigilancia sobre los vivos

Entre los yoruba de Nigeria y Benín, el nombre que recibe el gran Dios es Olodumaré. “Se trata de un dios lejano, inaccesible, indiferente a las plegarias y a los destinos de los hombres”, describe Zabaleta. No es ni moral, ni justo, sino que se halla por encima de los hechos contingentes y de la comprensión humana.

En el orden inferior, está Legba, el loa encargado de conectar el mundo espiritual con el terrenal. “El intérprete de los dioses”, especifica el periodista. Junto a él, otro de los espíritus más importantes es Dan, que tiene tres caras y es capaz de verlo todo. También se encuentra Hévioso, el loa del trueno, que lleva un martillo en la mano como muestra de su duro carácter. Otro loa es Mami Wata, la sirena que se encarga de las aguas, así como a Esho, que es el mensajero entre los espíritus y los hombres que mantiene la paz y el orden entre ambos mundos; también están los Marassa, los loas gemelos que equivaldrían en la cultura cristiana a San Cosme y San Damián.

El vudú también tiene su propio paraíso. Se denomina Guinee, o Guinea, y es el lugar en donde moran los dioses y al que las personas, al fallecer, irán una vez el loa Guede les permita el acceso.

A estos espíritus se les dedican rituales cargados de plantas y animales, en los que, en palabras de Ígor Zabaleta “se prenden hogueras y se hacen dibujos mágicos, vevé. Además hay danzas, rezos, cantos y sacrificios de animales como cabritos, gallos o gallinas”. Toda ceremonia tiene sus ofrendas, puesto que los espíritus han de ser alimentados en cada ritual. Los momentos culminantes se producen cuando el loa se encarna en alguno de los devotos a través de una posesión.

Magia en personas
Pero no se debe pasar por alto la existencia de una magia negra dentro del vudú. Dentro de esta tradición hay dos temas que han dado la vuelta al mundo: los muñecos vudú y los zombis.

Los muñecos vudú sirven como medio para controlar o dañar a las personas. Son fabricados por hechiceros mediante encantamientos y crean una conexión entre el cuerpo y la voluntad del individuo y el muñeco. Cuando se le lastima o manipula, la víctima sufre dolor físico y su voluntad queda bajo el control del hechicero.

Preparativos para un ritual vudú (Adam Cohn)

Preparativos para un ritual vudú (Adam Cohn)

Toda ceremonia tiene sus ofrendas ya que los espíritus han de ser alimentados

Pero estos muñecos no siempre cumplen una función perversa. Gema Serón Aires, antropóloga social y cultural e investigadora sobre brujería y poder en África, asegura que “la utilización del muñeco no es propia del vudú, sino que más bien forma parte del acervo de prácticas de lo que se denomina ‘magia simpática’, una serie de creencias que tendrían su origen en la prehistoria humana” y que se basarían en la máxima de que “lo similar produce lo similar, es decir, los efectos se parecen a sus causas”.

La antropóloga destaca que estos utensilios deben elaborarse con material biológico de las personas que se desea sanar o dañar, respondiendo a la creencia de que “aquellas cosas que han estado en contacto siguen ejerciendo influencia mutua una vez separadas”.

Por otra parte, convertir a alguien en zombi después de muerto sería la más alta manifestación de magia negra vudú. Esta vertiente, sin embargo, solo se desarrolla en el continente americano. “La narrativa del zombi se ha demostrado que sirve para visibilizar la explotación de los seres humanos a través de la esclavitud”, apunta Gema Serón Aires.

Para protegerse de ambas desgracias existen los amuletos. Estos talismanes o fetiches, que un individuo puede poseer, son o bien estatuas, o bien partes de animales disecadas que protegen y ayudan al portador en caso de necesidad, enfermedad, o para man tener su salud y su vigor. Si el talismán es bueno, no caerá fulminado inmediatamente o el hechizo no le hará efecto.

El vudú en la vida política
En África la religión ha ido tradicionalmente de la mano de la política. Esto es, en palabras de Gema Serón, debido a que el mundo espiritual suele considerarse la fuente última de poder.

Para acceder al poder, los líderes políticos acostumbran a contratar especialistas religiosos para ganarse el respeto de la población y el temor de sus enemigos.

Las élites políticas, conscientes de la importancia de la religión en estos países, procuran familiarizarse con el mundo espiritual. De este modo, consiguen movilizar a los votantes, crear clientelas y organizar grupos de electores favorables.

Colgante vuduista (Adam Cohn)

Colgante vuduista (Adam Cohn)

25 millones de personas practican el vudú en África y América

En esta pugna, además de participar los grupos de poder, también lo hacen los individuos y los grupos sociales, que pueden utilizar estas prácticas para contrarrestar a los malos gobernantes o para criticar la distribución del poder.

Por ejemplo, el que concierne al alcalde de Cotonou, Nicéphore Soglo, que también fue primer ministro y jefe del Estado en Benín en 1991, después de la dictadura. Tras tomar posesión de su cargo presidencial, cayó enfermo y en su país circulaba el rumor de que era víctima de un embrujo. Después de varios meses en estado grave, tuvo que ser trasladado a París para recuperarse.

Con el tiempo, el vudú ha sido relegado por las religiones mayoritarias de África: el islam y el cristianismo. Un ejercicio que comenzó ya en la época colonial, cuando aceptaron la imposición de un modelo comercial que les perjudicaba. “El negro esclavizado no tuvo inconvenientes en incorporar y asimilar a su propia cultura religiosa conceptos de otra religión. Ellos siempre creyeron en un Dios único”, apunta Ígor Zabaleta.

Sumando los vuduistas de los continentes africano y americano, se puede estimar el número de seguidores del vudú en 25 millones en todo el mundo.

Pese a que la cifra es baja en comparación con las religiones mayoritarias, esta creencia junto con sus cultos es respetada por la población de estos países. Sus ritos no pueden pasarse por alto en el folclore y el paisaje que nos ofrecen. De hecho, el vudú es una religión conocida y extendida por el mundo a un nivel tan alto que pocos se extrañaron al escuchar a Jimi Hendrix, allá por 1968, afirmar que era un chico vudú.

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