Reflexionando desde una claraboya


El libro póstumo de Saramago, Claraboya, invita al lector a replantearse qué camino seguir en la vida

Cuando uno toma en sus manos Claraboya y le dedica tan solo una décima parte de segundo a echarle una ojeada, se da cuenta de que lo que tiene no es solamente un libro. Cuando termina de leerlo, al igual que el propio José Saramago, no se explica por qué cierta editorial estimó que esta joya de la literatura no debería ver la luz. Consientes, como el propio escritor portugués, del menosprecio, entenderá el lector, también, por qué la voluntad del premio Nobel era no verlo publicado en vida. Que se arrepientan cuando yo ya no esté.

Claraboya es el fin y el comienzo, a la vez, en la obra de Saramago. Fue en 1953, año en que terminó de escribir este libro, cuando, de alguna manera, puso fin a su escritura “temprana”. Sería a partir de entonces cuando perfeccionaría más aun su técnica, hasta llegar a adoptar una nunca vista. Tal vez, uno de los rasgos más comunes en las novelas más ilustres del escritor portugués, el estilo directo libre presente en Caín, El viaje del elefante o Las intermitencias de la Muerte, empieza tímidamente a asomar en algunos pasajes de Claraboya.

Si a algo caracteriza a Saramago, es que es lúcido y reflexivo a la vez. Partiendo de la nada, el autor puede llegar a divagar, pero con racionalidad, sobre las más existencialistas de las cuestiones. Esto que al autor preocupa, no lo plasma solo en los diálogos, sino también en las descripciones de sus personajes. Estas descripciones en las que Saramago ha sabido hacer que, en mayor o menor medida, terminemos por identificarnos con los personajes que él crea, o que toma prestados de la realidad. Claraboya no es, ni mucho menos, la excepción.

En Claraboya, Saramago tumba metafóricamente la fachada de un edificio en la capital de Portugal para contar historias que suceden en la Lisboa de los años cincuenta. No son historias reales, porque en ningún momento así lo especifica el autor pero, con seguridad, representan la realidad de entonces. Una comunidad de vecinos que, observando desde la actualidad con visión retrospectiva, no ha cambiado tanto en el trato entre los diversos inquilinos. Un matrimonio unido, únicamente, por los lazos legales; una mujer soltera y mantenida; otro matrimonio amargado por la falta de actividad conyugal; una madre con sus hijas y su hermana; otro matrimonio que alquila una habitación; unos padres con una hija veinteañera y espabilada. Diversas historias, que, todas ellas, plasman una realidad que no nos suena tan lejana.

En Claraboya hay dos elementos definitorios de mediados del siglo pasado: el machismo y la crisis económica. El primero, se ve reflejado en todas las viviendas y, especialmente, en los matrimonios de ese inmueble lisboeta. En mayor o menor medida, la idea del varón como ser superior termina por aflorar. Silvestre, Paulino, Caetano y Emilio viven con esa idea en la cabeza: La que la sociedad de la época exige. Por otro lado está la crisis económica. Crisis que obliga a Claudiña a buscarse un nuevo empleo para aportar más ingresos a su familia; que hace que la madre de Lidia acuda mensualmente a ver a su hija para demandarle ayuda económica; o que Silvestre y Mariona alquilen una habitación a Abel.

Será en las conversaciones entre Silvestre y Abel donde Saramago inunde con las ideas que, para él, mueven el mundo, las reflexiones y sentencias de los personajes. El amor y el odio humano, se mimetizarán en dos hombres que hablan a partir de sus años y sus experiencias. Las ganas de vivir la vida de acuerdo a lo que es más pragmático, frente a las ganas de innovar para buscar el verdadero yo de las personas. Conversaciones que incitarán al lector a posicionarse en uno de los dos extremos, porque al llegar a este momento, la escritura de Saramago ya lo habrá “atrapado” por completo. Y el lector aceptará, satisfecho, el rol que el autor le hace tomar. Porque el hecho en sí de leer este libro, tan ameno y a la vez tan reflexivo, ya provoca sensación de satisfacción.

Saramago, en resumidas cuentas, reproduce el mundo de entonces a partir de una comunidad de vecinos, donde acaba por impulsar los casos más concretos (con sus problemas y sus buenaventuras) al común de la sociedad. Claraboya es, perfectamente, una ventana del pasado al pasado, pero que, gracias a la genialidad del autor, también puede servir como una mirada al presente, desde el mismo pasado. Sin ningún tipo de valoración, Saramago no critica a la sociedad, simplemente la reproduce y deja la evaluación en manos del lector. Será este lector quien decida el “qué va a ser de mí” pues, una vez leída esta obra de arte, más de uno se replanteará qué camino sigue en esta vida. Y es que, cualquier fan (y no fan) de Saramago, terminará por darse cuenta de que el fallecido premio Nobel termina por hacer filosofar, acerca de la vida, a cualquiera que tome este libro en sus manos.

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