La alegría de vivir


Decía Arthur Schopenhauer que el amor es una de nuestras principales preocupaciones. Mucha gente pasa la mayor parte de su vida buscando a su media naranja, y esto es, a los ojos de los más escépticos, una pérdida de tiempo. Esta idea podría chocar con la del filósofo alemán, pero no lo haría tanto como puede parecer. Es más, dependiendo del cristal con que se mire, la coincidencia podría ser absoluta.

Y es que Arthur también sostenía que, por muy románticos que seamos, todos somos esclavos de la voluntad de vivir. Tal idea, para los más “cupidianos” quizás parezca una difamación; pero yo no creo que sea así. A fin de cuentas, uno de los objetivos por antonomasia en la vida es la felicidad, y todos deberíamos de estar de acuerdo con esta premisa. Siguiendo la línea del sabio, la función humana de reproducción, por la mera alegría de vivir, estaría más que justificada.

Aquellos defensores del amor como lo más bonito me odiarán. Así ha sucedido durante tantos siglos, en los que las actividades amorosas, pero sin amor, se han convertido en tabúes. No solo el practicarlas, sino también el hablar de ellas. Y, sin embargo, todos terminamos por preguntarnos, en nuestro fuero interno: ¿por qué? Paralelamente, agradecemos que haya personas que, como Schopenhauer, nos inviten a depositar la mirada en el reino animal, del que provenimos, para eliminar cualquier tipo de prejuicio y comprender en qué consiste, realmente, la alegría de vivir.

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